sábado, 13 de diciembre de 2014


EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DE LA HEROICA PROVINCIA DE SANTA ROSA DE CANGALLO: REFLEXIONES EX POST FACTO.


“La Patria jamás olvidará este heroísmo de sus hijos, y le dará un lugar muy distinguido en los fastos de la historia de su gloriosa revolución. Cangallo vuelvo a decir eternizará su memoria, se levantará sobre sus ruinas y será pueblo famoso en la posteridad”  (Juan Pardo de Zela). 

                                                           Max Aguirre Cárdenas


Recuerdos del futuro: La historia de ayer labrando la historia del futuro.

Acaba de acontecer en la ciudad de Cangallo un hecho de gran relevancia  que será evocado por la historia regional del futuro para des-cubrir sus nuevas significaciones y relaciones surgidas en el largo tiempo. Nos referimos a la apoteósica celebración del Bicentenario de la Primera Jura de la Independencia del Perú ocurrida en el pueblo de Cangallo el 7 de octubre de 1814, la misma que fue enaltecida con la presencia de los representantes diplomáticos de la República Bolivariana de Venezuela, de la República de Cuba, de Argentina, el presidente del gobierno regional de Ayacucho, un parlamentario del Congreso de la República del Perú, autoridades locales, estudiantes y un nutrido número de residentes cangallinos en España, Lima y Ayacucho. En un homenaje académico preparatorio, realizado en el Parlamento Nacional el día 2 de octubre, y donde brillaron distinguidos historiadores como Teodoro Hampe y Jorge Petit, escoltados por el suscrito,…estuvieron también los representantes diplomáticos de Honduras, Bolivia y Chile, dos  congresistas ayacuchanos y numerosas personalidades.

Estamos persuadidos de que esta crónica del acontecimiento, servirá como  materia prima de la historia regional del futuro, no sólo por su significación singular de ser Cangallo la primera provincia peruana que juró la independencia del Perú,  sino porque en la larga duración (la longue durée braudeliana) puede ser el factor coyuntural que ayude a explicar su despegue económico social y cultural, o quizás también la detención o el agravamiento de su decadencia; coyuntura política fugaz derivada de exaltar la efeméride en el escenario legislativo con actores parlamentarios y diplomáticos. No será demás recordar que en las celebraciones del centenario y el sesquicentenario de la batalla de Ayacucho (el acontecimiento definitorio del ciclo independentista huamanguino y del proceso nacional), se excluyó o se siguió silenciando el protagonismo fundamental de Cangallo en las guerras de la independencia del Perú, conducta que se reflejó –por ejemplo en el ciento cincuenta aniversario de la efeméride- en el otorgamiento de reconocimientos consistentes en la construcción de obras de infraestructura en las localidades de Ayacucho, Huanta, Quinua y Huaytará. La heroica Cangallo, increíblemente, no mereció de la nación ni una mención protocolar de gratitud, haciéndola de paso invisible para la anámnesis científica ¡Una muestra más de cómo el poder oficial centralista y sus paniaguados manipulan la historia!

Lecturas de la historia de la Independencia del Perú.

A nuestro juicio –el mismo que columbró tempranamente Cristóbal de Albornoz y confirmaron después Vicuña Mackenna, Joaquín de la Pezuela, y recientemente Luis Durand Flores- la independencia del Perú fue un largo proceso que se inició desde el momento mismo en que las huestes españoles pusieron el pie en el Tahuantinsuyo y mostraron su inocultable propósito de apropiarse de aquello que no les pertenecía. No fue pues un producto obtenido en un solo período denominado Emancipación ni una gracia obtenida por la generosidad de los europeos ni la voluntad de poder de solamente el estamento social criollo, aunque debemos admitir que la coyuntura -generada por la invasión francesa a España y la dimisión del rey Fernando VII- que originó “el ciclo de las juntas de gobierno”, fue el fermento que aceleró el proceso en el marco de la crisis económica estructural que sufría España. Sin embargo, este proceso fue discontinuo y, por ello, estuvo plagado de silencios, aparentes renuncias a la lucha contra los dominadores, falsas señales de resignación a la explotación etnocida, períodos de resistencia cultural, movimientos reivindicatorios domésticos no precisamente separatistas, interciclos que prepararon nuevos períodos de luchas liberacionistas en los tiempos y escenarios menos pensados, todos reflejando, sin embargo, el leit motiv de la ley ética que humaniza las fuerzas salvajes de la economía, de que, siendo la libertad una de las capacidades esenciales del ser del hombre, no hay posibilidad de que la esclavitud, la desigualdad, la opresión y la explotación del hombre por el hombre, se perpetúen hasta el fin de los tiempos, ya que son estados contingentes que sólo entorpecen la conquista de nuestra humanidad plena, aunque por ahora la ley se muestre como una verdad apodíctica o un imperativo categórico de los reinos de utopía.
            
Por ello, con el advenimiento de la nueva historia que ha renovado no sólo la concepción de su propio objeto científico, sino remplazado sus viejos paradigmas metodológicos, la lectura del proceso independentista peruano y latinoamericano, de ser monocorde (épica de batallas y héroes), se ha convertido en una pluricorde y multidimensional. Una primera conclusión que se infiere al leerla al través de esta lente, es la certeza de que la independencia conquistada fue parcial y no abarcó sino lo político; por el contrario, las estructuras económicas, sociales y mentales se mantuvieron intactas, con solo algunos cambios del barniz episódico derivados del uso de nuestra soberanía política y en razón de que ciertos ritmos del tiempo en cada nivel de las estructuras varían de duración y no están sujetos al libre albedrio de las decisiones soberanas como suponía la vieja teoría de la independencia. He aquí el origen de las contradicciones -atribuidas a la falta de visión patriótica, a la corrupción, a la incapacidad de los gobernantes (que en el caso peruano fueron ciertas en alguna medida)- que obligaron a nuestros gobernantes –seguramente pese a la buena voluntad política de muchos de ellos- a mantener los injustos regímenes de propiedad, de contribuciones, salarios, división del trabajo, tasas demográficas y división clasista de la sociedad (división que expulsa el ideal de la igualdad al reino de la utopía, acoge la necesidad de la violencia y justifica la servidumbre), puesto que los profundos cambios que exigía la independencia no dependen de simples decretos, sino de las leyes de la lógica interna de los procesos. Muestras visibles, fueron el mantenimiento de la esclavitud hasta años muy avanzados de la República y la restitución de los tributos indígenas que de buena fe habían eliminado los Libertadores. Pero hubo otras esferas de la realidad social totalmente reacias al cambio voluntarista como el régimen de propiedad de la tierra, las relaciones productivas, la división dual de clases, etc.
            
Sí la historia es la ciencia del manejo del tiempo y las duraciones,…la ciencia de la comprensión de cómo los acontecimientos fugaces o menos efímeros, forman un tejido dinámico complejo, entramados a las coyunturas y las estructuras económicas, sociales y mentales que, a su vez, tienen duraciones y velocidades diversas condicionadas por su naturaleza y el azar, pero que, por gestión de la mente, podemos organizarlos en un sistema discursivo que nos permita dar respuesta a un problema, en el examen de la nueva teoría de la independencia la condición descrita se hace más nítida. Por supuesto que el modo de aprehender su nueva textura impone el uso de métodos y técnicas de investigación multidisciplinarios, equipos humanos capacitados y mucho dinero, y recíprocamente, entender que la elección del corpus metodológico, define el estilo de la lectura o la gestión de la historia. Ahora es más fácil comprender de por qué las nuevas historias deben gestionarse en función del problema, a diferencia del modelo positivista que aspiraba a “cartabonear” una sola metodología científica y obtener una única historia, indiscutible en sus verdades y convertirse en suprema autoridad. Por lo dicho, aunque parezca paradójico, pueden ser útiles tanto los métodos y técnicas de las diversas ciencias sociales o de las nuevas historias que han surgido, como pueden serlos todavía los clásico métodos lógicos de análisis y síntesis, deducción e inducción, o los métodos de crítica positivista de los documentos y los de la psicología social; dependiendo todo de la naturaleza del problema y el estilo elegido para la lectura o gestión histórica. Recuérdese este axioma metodológico: “No todo lo viejo es malo ni todo lo nuevo es eficiente”.  Sólo deben preocuparnos si sus resultados son inconsistentes entre sí, o el culto al snob esteriliza las vocaciones genuinas que buscan la verdad y otorga pasaporte a la arbitrariedad. Ahora bien, el dilema que enfrentan los historiadores es qué hacer o cómo operar para que esta complejidad llegue a ser leída no solo por una élite de científicos sociales o ingenieros sociales, sino también por los hombres menos cultivados, o por los niños y los jóvenes, sin apagar en éstos su necesidad de conocer su propia historia y satisfacer consecuentemente sus otras necesidades implícitas: la de construir su identidades individual-sociales y, a partir de ellas, promoverlas exigidos por eso que algunos lo definen también como un instinto social ¿Se puede extinguir esta necesidad o solo podemos enajenarla sabiendo que los niños y los adolescentes son historiadores en potencia?
            
Discutamos el asunto por otro ángulo: Si bien es cierto que la nueva historia impone nuevos temas y estilos de lectura ¿Debemos entonces expulsar a la vieja historia y sus trastos metodológicos a la guarida de los deshechos o, por el contrario, debemos guardarlos respetuosamente en un museo –como se guarda un viejo microscopio o un telescopio de nuestros bisabuelos- para que nos recuerde simbólicamente cómo los hombres jamás renunciaremos a conocer nuestro puesto en el cosmos, a explorar nuestro mundo interior, a reconstruir mentalmente los itinerarios de nuestro destino social; pero también, de vez en cuando, para saber cómo funcionaban aquellos trastos y hasta dónde nos permitían observar? Personalmente, creo que todavía es útil esta última alternativa en la medida en que no incurra en conflictos lógicos insalvables con la otra, aunque ambas respondan a epistemologías distintas. Complementándolos, haciéndolos fáciles a través de una canónica sencilla del análisis y la crítica, podría evitarse que los niños y jóvenes se alejen de la historia y labren la desgracia de sus conciencias, como está sucediendo en el Perú. La vieja historia tiene una virtud: utiliza el relato fácil, y hasta literario, para desbrozar el camino de ingreso a los temas más abstrusos. Necesitamos pues este aliento para inducir a los jóvenes a comprender temas más técnicos como los de las historias cuantitativas o seriales, pero sobre todo para aprehender el pasado –como postulaba Marrou- como una totalidad compleja y rica, sólo fragmentable por exigencias científicas. Por tanto, todavía podemos leer la historia de la independencia del Perú de dos formas: una como un proceso lineal y otra como un proceso no lineal o de ciclos. La primera que va de lo pretérito hasta lo más reciente en una articulación cronológica secuencial de acontecimientos, generalmente gobernados por los documentos, y exhibiendo una ceguera que le impide ver estructuras económicas, sociales y mentales, por lo cual se agota generalmente en las consideraciones de hechos episódicos de orden militar, religioso, monumental, político y cultural; y la segunda que da énfasis a la diversidad espacio-temporal de complejos articulados y correlacionados de acontecimientos históricos que tienen un inicio y un final, y por lo general son repetitivos como connota el término latino cyclum. La primera, que exhibe una vocación al análisis longitudinal dilatado y unidireccional; la segunda, que estima la transversalidad, los procesos de corto aliento temporal, singulares o paralelos, y  relacionados entre sí (este último en el sentido de que puede haber inclusión de ciclos, interferencias, exclusiones mutuas y equivalencias), empero sin perder de vista la primera que podría operar como una brújula heurística; v.gr.: el ciclo de las juntas, de las juras de la independencia, de las crisis económicas, de la aparición de guerrillas y montoneras, de las luchas por el poder, etc. Por lo demás, la cooperación de ambos estilos será fructífera si se prevé sus peligros y se establecen algunas reglas de control y/o provisos, no olvidando que estas lecturas encubren o reflejan convicciones metahistóricas diferentes (o, si se quiere: ontologías, epistemologías, metodologías, tecnologías y éticas diversas) y que ambas persiguen la verdad. Muchos críticos me objetarán afirmando que la historia lineal es un trasto del pasado. Yo les replico afirmando que la nueva historia sigue siendo una formidable promesa y que muchos que se afiliaron a su ortodoxia, se han visto obligados a apostatar cuando se trató de mediar el aprendizaje pedagógico del análisis y la explicación históricas, lo que no quiere decir que abdiquemos de sus bondades y asumamos los errores y las limitaciones de la vieja historia.

Sin embargo, reconocemos que la lectura lineal puede ser a menudo víctima de  distorsiones cuando cae en una de las siguientes trampas heurísticas: a) el causalismo (la historia reducida a un encadenamiento mecánico, formal o dialéctico de causas y efectos, en el que el azar y las coyunturas puede ser devaluados hasta la insignificancia, o hacer que la historia sea gobernada a fortiori por un factor determinante: por ejemplo, el económico o la lucha de clases); b) el hegemonismo  (conversión de un núcleo social del poder en el factor gravitante que sobreentiende heurísticamente a los demás para explicar el proceso, v. gr.: el cuzco-centrismo que da razón a los movimientos separatistas o libertarios de los últimos decenios del siglo XVIII y principios del XIX, y la lima-centrismo que da razón a los movimientos posteriores en detrimento de procesos regionales de igual dignidad); c) el exclusionismo (generado, a menudo, como consecuencia inevitable del hegemonismo). Consiste él, en la separación consciente o inconsciente, como componentes relevantes del discurso histórico, de incómodos protagonistas o de franjas geográficas y sociales que entorpecen la misión extrateórica del discurso, como sucedió con la historia de la jura de Cangallo, la historia regional independentista de Huamanga, la historia de los movimientos separatistas de los pueblos originarios de la selva, y otras, prejuzgándolas de insignificantes para la comprensión del proceso independentista global peruano y la construcción de la identidad nacional. En el caso de la jura cangallina la exclusión se hizo aún más severa ya que se la sumó la “ley del silencio” aplicada rigurosamente por los invasores, haciendo realidad la promesa carrataliana de “borrarla del catálogo de los pueblos”. Similares ejemplos lo constituyen los martirologios de Basilio Auqui y María Parado de Bellido, de quienes, si se sabe algo, es gracias a los testimonios dejados por los “patriotas”, frente al cuasi cero de los “realistas”.  He aquí la razón por la que la historia peruana aristocrática y sus lacayos evitan la anámnesis valorativa del heroísmo de Cangallo, después de los intentos efímeros de los Libertadores San Martín y Bolívar, La Mar, Juan Pardo de Zela, José Hipólito Herrera, Ángel Pacheco, Germán Leguía y Virgilio Roel.

Huelga decir que la lectura de temas, como la liberación, tan expuesta a nuestras subjetividades y nuestras maneras de valorar éticamente, también depende de ciertas condiciones existenciales que la sociología del saber se ha encargado de ponerlas de relieve; por ellas, es legítimo hablar de una lectura de los vencedores y otra de los vencidos. Pero este es un tema muy deleznable, cuyos intríngulis no podemos tratar aquí.

Cangallo: El primer pueblo que juró la independencia del Perú.

A los pocos días del estallido de la Revolución Cuzqueña de 1814 liderada por los hermanos Angulo, salieron desde el Cuzco, en distintas fechas, tres misiones guerreras: Una con dirección a Puno y la Paz; otra hacia Arequipa, y una tercera hacia Huamanga. Esta última –comandada por Hurtado de Mendoza, José Béjar y Mariano Angulo- partió el 25 de agosto y arribó el 20 de setiembre. Fue en el marco de esta revolución -después de la derrota sufrida por la embajada cuzqueño-cangallina en la batalla de Huanta y antes de la de Matará- que optaron por jurar la independencia en la localidad de Cangallo, mientras la facción cuzqueña se retiraba con dirección a Andahuaylas para reorganizarse.

Según el testimonio de José Hipólito Herrera, los jóvenes de Ayacucho, liderados por Valentín Munárriz y José Mariano Alvarado, y apoyados por los morochucos, se refugiaron en el único pueblo donde podían celebrar una jura de la independencia acatando el ritual jurídico vigente, o sea Cangallo. El ritual legitimador –que sus habitantes habían aprendido en 1813 con ocasión de la jura de la Constitución Monárquica- comprendía una consulta en cabildo abierto, una proclamación seguida por el juramento de la independencia y precedida o finiquitada con una misa de Acción de Gracias. El juramento consistía en prometer solemnemente –con el aval de Dios- la defensa de la religión católica y de la Patria de la amenaza española y de toda dominación extranjera, aun sacrificando  su propia vida y sus pertenencias. Otros pueblos como Tacna, Moquegua y Huánuco, habrían también proclamado sus independencias en el marco de la estrategia trazada por los ideólogos del Río de la Plata, de hacerlo “pueblo tras pueblo”; empero, no existen pruebas inequívocas de que hayan cumplido el debido proceso. Por tal razón –hasta que no se demuestre lo contrario- Cangallo exhibe la dignidad de ser el primer pueblo que juró la independencia del Perú, siguiendo los estándares jurídicos de la época, o cumpliendo el proceso apropiado del ritual legitimador. Este es el motivo por el que la Constituyente de 1827, otorgó a Cangallo, el 28 de mayo de 1828, el título de Heroica Provincia de Santa Rosa de Cangallo, o como reza el decreto, en mérito a que sus habitantes se decidieron en 1814 por la independencia del Perú e hicieron sacrificios bizarros por defenderla, honor que no se la otorgó a Tacna, Moquegua, Huánuco y Cuzco, y porque Santa Rosa de Lima había sido declarada en 1816 “Patrona de la Independencia de América” por el Congreso de Tucumán. Pero también la misma santa había sido declarada por San Martín como patrona de la Orden del Sol, orden en la que el astro-rey simbolizaba la libertad.
                                                                                                              

                                                                            maxaguirrec@hotmail.com







VALENTÍN MUNÁRRIZ: EL HÉROE Y EL HOMBRE.
                                                                                                                           Max Aguirre Cárdenas.

Siendo preciso manifestar donde convenga mis notorios y públicos servicios, por derecho y hecho a la justa causa de la independencia, no solo desde el año 14, sino que todas las veces que los maleantes han querido hacer naufragar nuestra  República Peruana”  (Valentín Munárriz).

Eran las diecinueve horas con treinta minutos del día 7 de agosto de 1852. Valentín Munárriz, el héroe huamanguino que había dedicado gran parte de su existencia a luchar por la independencia del Perú e Hispanoamérica desde el escenario ayacuchano, suspendía, sin quererlo, el dictado de su testamento que lo hacía desde su lecho de enfermo grave, aunque todavía apto mentalmente (Ver Anexo, Documento N°1). Un repentino bochorno emocional intenso impidió  que concluyese con  la diligencia, situación que obligó al fedatario  -el escribano público don Mariano Tueros- a concluir el acto, suscribiendo el  documento tan sólo con las firmas de los testigos Francisco Muñoz, José Francisco Landeo, Santiago Montero, Jorge Custodio Pretil y la suya. Todo indica que desde este incidente en que determinaba la legítima de sus hijos no pudo recuperar más su salud mental ni física, deteriorada por una enfermedad que, lamentablemente, no nos revela el papel testamentario. Parece que el recuerdo de su hijo Pablo -a quien acusa de ingratitud- fue el detonante. Después de expresar sus generales de identidad personal, seguidas de sus convicciones de fe en torno a los misterios cristianos y las acostumbradas encomiendas a Dios sobre su alma y las providencias a tomarse para facilitar su salvación, en un párrafo subsiguiente ordena que la hacienda Uchuimarca, (de la dote ofrecida, el único bien aportado al matrimonio por su esposa Águeda Infansón) sea entregada a este su hijo Pablo al morir aquélla y, al parecer, separada tempranamente de Valentín; pero, más adelante, parece desvariar -al responder a una pregunta del escribano- cuando ordena que sus bienes sean heredados por sus cinco hijos extramatrimoniales y no  por Pablo el único hijo legítimo. Incluso, uno de sus hijos naturales –Matías Munaris (sic), probablemente el segundogénito- es nombrado como albacea. El impasse parece que fue resuelto legalmente por el escribano, pues, en 1846, Pablo Munarriz (sic) poseía la hacienda Ataquishuar, de su padre Valentín; mientras que la hacienda Motoy (Mutuy), también de su progenitor, era poseída en arrendamiento por el D.D. Clemente Palomino (Ver “Padrón de Contribuyentes de Chiara”, 1846. AGN, Ministerio de Hacienda: H-4-1901). Como preludiaban sus contradicciones, lo cierto es que nunca más pudo recuperar su salud en los doce días posteriores, pues falleció el 19 de agosto de 1852.
            Si el lector ha leído mis apuntes biográficos sobre Valentín Munárriz, condensados en mi libro “El Ciclo Independentista Huamanguino: Cangallo y la Primera Jura de la Independencia del Perú” (Ver Dircetur-Ayacucho, 2014), apreciará que los datos contenidos en él inciden en la dimensión heroica de su personalidad, en el ejemplario de su conducta patriótica que aprehende los valores cívicos supremos e intenta realizarlos asumiendo conscientemente los riesgos inminentes de perder la vida; mientras que las noticias que nos proporciona su testamento tienen que ver con su dimensión humana en el camino inexorable de la extinción, del hombre ultimando su esencia, consciente de su precariedad existencial, confesando vergonzante sus secretos, sojuzgado a la cotidianidad profana, con sus miedos a la muerte y deseos de trascenderla; para, finalmente, entregarse impotente a un largo trance agónico. Pero al mismo tiempo, nos plantea nuevas incógnitas que, ni por asomo, había sospechado. Intentaré responder a algunas de ellas:
Valentín Munárriz: presbítero o cura viejo.
Si tenemos en cuenta el testimonio temprano de José Hipólito Herrera que en su “Álbum de Ayacucho”, editado en 1862, o sea a sólo diez años de la muerte del héroe, lo presenta co-liderando con José Mariano Alvarado la Jura de la Independencia de Cangallo en 1814 e identificándolo con el grado de doctor, la pregunta que surge naturalmente es: ¿Cuándo obtuvo dicho grado académico y los precedentes de maestro y el de licenciado? Aún más, si también tenemos en cuenta las actas de los debates  parlamentarios de 1845-1848, cuando Munárriz era diputado por la provincia de Cangallo, donde se afirma que integró la Comisión Eclesiástica, seguramente promovida por su investidura religiosa, la exigencia de responder a la pregunta se hace doblemente necesaria.
            Si, como se afirma en el testamento, contrajo bodas “según orden de nuestra santa madre iglesia” con Águeda Infanson, el matrimonio no pudo haberse realizado, sino en una época de su vida en que el héroe no era todavía cura  ¿Cuándo estudiante? Esta posibilidad debe rechazarse, pues las reglas constitucionales de la Real y Pontificia Universidad de San Cristóbal (o de ser el caso, las del Real Colegio Seminario de San Cristóbal, llamado antes de San Carlos), las prohibían tácitamente (v.gr. la Constitución XLI, vigente desde el obispo Cristóbal de Castilla y Zamora); además la normativa legal y religiosa prohibía que un hombre se case sin el consentimiento paterno si tenía menos de 25 años (Ver la Pragmática de Carlos III). Por otra parte, los documentos que describen sus acciones antes de ser nombrado el 26 de enero de 1834 Sub-prefecto y Comandante Militar de Cangallo, tampoco hacen referencia a su estatus eclesiástico, pero sí a su estatus militar de Teniente de Infantería otorgado en Andahuaylas con anuencia de José Angulo, y luego Teniente de Artillería otorgado por José Antonio Álvarez de Arenales el 7 de noviembre de 1820 (Ver Anexo, Documento N° 2). En consecuencia, Munárriz tuvo que haber obtenido los grados académicos mencionados –o por lo menos el bachillerato o la licenciatura- después de ser sub-prefecto de Cangallo y antes de ser diputado nacional por Cangallo, lo que persuade a su vez que, hasta 1835, habría tenido solamente el estatus de egresado. Una prueba relativamente segura es que en el “Padrón de Contribuyentes de la Doctrina de Chiara de julio de 1831” (Ver AGN, H-4-1650) donde aparece como uno de los hacendados al igual que Lorenzo Infanson, es decir propietario de Ataquishuar y Mutuy, recibe el trato de solamente “Don”, a diferencia de otros curas propietarios a quienes se les llama “presbíteros” como en el caso de Joaquín Fernández.  Pero como en 1839 aparece como cura de Cuchimarca, entonces él tuvo que haber obtenido por lo menos el bachillerato o la licenciatura entre 1835 y 1838. Por tanto, el grado académico de doctor que le asigna Herrera en 1862 es consistente y/o verosímil, salvo que –apenas Munárriz alcanzara la licenciatura- haya sido tratado así como una gracia protocolar, habitual en esa época, de llamar a los curas como “doctores”, como lo es hoy de llamarlos como “padres”. Pero, lo más probable es que alcanzó dicho grado doctoral –si ello ocurrió- poco después de haber concluido su mandato como diputado nacional por Cangallo, elección que ocurrió en 1845, pues, los documentos del expediente hallado en el AGN que comprenden hasta 1836 (fecha en que es nombrado juez de paz en Ayacucho, excepto uno de 11 de julio de 1839 que revela que ya era cura de Chupamarca), a lo sumo le tratan de “ciudadano” y de “don”, mientras que los dos primeros títulos académicos los habría obtenido entre 1835 y 1839. Asimismo, tuvo que haber contraído matrimonio en el período de llegada de San Martín al Perú (fecha en que sale de su remoto escondite) y antes de ser diputado por Cangallo. Nuestra hipótesis es que se habría casado cuando él trabajaba sus haciendas de Ataquishuar y Mutuy, ubicadas en las cercanías de Chiara, es decir más o menos entre 1829 (término de la guerra con los iquichanos) y 1833 (cuando era diputado suplente por Castrovirreyna). La familia Infanson vivía o tenía también sus propiedades en dicha zona; además Valentín como Águeda eran residentes en la ciudad de Huamanga (En 1846, los Infanson vivían en el Cuartel Sexto de la Compañía, y Valentín Munárriz en la manzana 5° de Santa Rosa del Cuartel 8° de Buena Muerte). Algo más: la hacienda de la dote, Uchuimarca, se ubicaba también en la zona chiareña de las propiedades de Munárriz. Un contemporáneo  de éste, el citado Lorenzo Infanzón  -dueño de la hacienda Huallqapucro y probablemente familiar de Águeda- fue también miembro del Colegio Electoral de la Parroquia de Chiara en 1833, cuando Munárriz era Escrutador del mismo y, en otra ocasión: simple miembro del Jurado Electoral. No pudo haberse casado entre mediados de 1815 y 1820 debido a que se encontraba en la clandestinidad, fugitivo en un destino indeterminado. Pero tampoco pudo haberlo hecho entre 1821 a 1828 debido a que –en calidad de guía, intérprete y comandando a los morochucos- se dedicó a combatir a los iquichanos a las órdenes de Juan Pardo de Zela, con descuido evidente de sus propiedades inmuebles de Chiara y Tambo.
El problema de su numerosa prole.
Si revisamos cuidadosamente el famoso expediente “Servicios hechos del ciudadano D. Valentín Munárriz”, que tuvimos la fortuna de hallarlo en el Archivo General de la Nación, no encontramos, en los 129 folios componentes, la noticia explícita de que el héroe haya tenido por lo menos un hijo. En ese sentido sí fue una enorme sorpresa -cuando hallamos el testamento del héroe en el Archivo Regional de Ayacucho- enterarnos de que había sido casado con Águeda Infanson y que tuvo en ella un hijo legítimo llamado Pablo; aún más, que fuera del matrimonio había llegado a procrear cinco hijos ilegítimos, pese a que en un párrafo de una solicitud de 1825 había sugerido algo como “mantener una crecida familia”. A excepción de Matías (el nombre de uno de estos cinco hijos), ignoramos, los nombres de los cuatro restantes. Esto se debió a que al revelar el secreto -en su condición de sacerdote y en un acto supremo de  pública confesión- se vio de pronto quebrantado espiritualmente, hecho que probablemente aceleró su muerte. Este es un tema que en el caso de otros curas de todas las épocas, nunca me había hecho abrir los ojos de asombro. Los archivos están llenos de expedientes sobre aventuras de alcoba de un sinnúmero de clérigos que, por el contrario, sería más bien increíble no encontrar historias relativas a pecados de confesionario de toda índole como la solicitación (sexo entre el confesor y la penitente). Pero tratándose de un cura-héroe, título cuyo significado implica cierto acento ideal de perfección o una invitación a representarlo como un modelo de hombre excepcional, sí es conmovedor. Bruno Terreros, el prócer juninense de Mito, y Marcos Durán Martel, el ilustre patriota de la revolución huanuqueña de 1812, fueron también clérigos extraordinarios que, a su turno, lucharon indesmayablemente por la independencia del Perú y que, liberados de la sotana sexo-represora, asumieron en la brega papeles viriles de hombres de carne y hueso, y, seguramente, en el fragor de la guerra, levitando sus tentaciones tropicales ensoñados por hímenes fogosos de sus “rabonas” de turno; pero sabemos tan poco de sus vidas íntimas, a diferencia de otros curas que profanaron el tabú del celibato eclesiástico, como muchos de la región huamanguina, que incluso generaron movimientos campesinos de protesta y/o motines, tales como los curas de Chuschi: Antonio José del Risco y su teniente Faustino Alvarado, o el de Hualla el Dr. José Fernández de Balmaceda, pero que, vistos desde la perspectiva moral, sus deslices sacrílegos fueron más bien tolerados a diferencia de los abusos que promovieron en otros órdenes de la vida social: apropiaciones de tierras, administración en provecho propio de cofradías, imposición arbitraria de primicias y diezmos caros, explotación abusiva de la fuerza de trabajo indígena, servicios personales gratuitos, incumplimiento crónico de los servicios religiosos, encarcelamiento de indios inocentes, trato despótico, etc. El concubinato, pecado gravísimo desde la óptica canónica católica, practicado por aquéllos a vista y paciencia de la feligresía, añadida la prole resultante, solo adquirieron ribetes de gran escándalo cuando se sumaron a las inconductas señaladas líneas antes y fueron denunciadas por sus alcaldes a la autoridad eclesiástica y, en consecuencia, procesadas judicialmente. En términos generales, si bien la censura social de los ministros transgresores de la iglesia era más drástica e hipocritona en el círculo de las matronas, beatas y solteronas, en la práctica era menos corrosiva que en el resto de la sociedad civil donde el concubinato se penaba incluso con cárcel; ni qué decir del delito de adulterio (culmen de la  deshonra) que era castigado hasta con la muerte: La sotana se constituía en una suerte de cortina protectora de la intimidad sexual de aquéllos que, a lo sumo, generaba cuchicheos, chismes de velorios y chascarrillos populares (sobre todo si estos últimos se narraban en sabroso y picante runasimi), salvo, como dijimos, si sus abusos se sumaban a otros delitos.
     No sabemos exactamente, cuándo y dónde tuvo Munárriz los numerosos hijos extramatrimoniales; tampoco sabemos si fue en una sola madre o en varias. Lo probable es que ellos hayan sido procreados en una sola mujer, en razón de que su situación de perseguido así lo condicionaba y en razón de que era considerado como un auténtico cura por haber egresado de la universidad o del seminario cristobalinos, hecho que habría facilitado su refugio en la parroquia de Tambo y la discreción absoluta de su párroco titular. El apellido Munárriz, escrito con diversas ortografías, es común en el Cuzco, Lima, Ayacucho, Cangallo y Huancasancos. En razón de que el héroe tuvo estadas duraderas en Tambo, esta localidad es la candidata para explicar una posible respuesta, ayudada por lo de “don” como trata a sus hijos Pablo y Matías. En segundo lugar vienen, Ayacucho, Chiara, Cangallo, y también Huaytará. En Ayacucho, en 1828 y 1835, fue regidor de la Municipalidad del Cercado. En Chiara, estuvo en 1827 como Presidente de Escrutadores y Secretario del Colegio Electoral de la Parroquia (llamada de Santo Domingo) con motivo de la elección de diputados del “cercado de la Provincia de Guamanga departamento de Ayacucho”, lo que significa que Chiara era su domicilio, pues en 1833 seguía siendo escrutador del Colegio Electoral de la misma. Cuando fue nombrado como Subprefecto y Comandante Militar de Cangallo en 1834, habría vivido en esta ciudad cerca de dos años; por tal motivo, nada habría impedido que aquí también pudo haber dejado algo de su simiente. Los numerosos Munárriz cangallinos, a quienes hemos inquirido acerca de sus ascendientes –entre orgullosos y sorprendidos- no han podido proporcionarnos datos genealógicos verosímiles y contrastables. Y la posibilidad de que Huaytará haya sido también la sede de una de sus aventuras de alcoba, no podría descartarse, debido a que en esta pequeña ciudad (actual capital de la provincia del mismo nombre y antes integrada a Castrovirreyna como capital suya), Munárriz estuvo en 1831, habiendo en ella recibido una credencial de la Sala Consistorial del Colegio Electoral y donde fue electo como diputado suplente de aquella provincia en 1833, aunque es menester también afirmar que en los años de 1831 y 1833 acusa recibos de la Parroquia del Sagrario de la ciudad de Ayacucho como ciudadano en ejercicio. El intríngulis puede explicarse así: Es posible que nuestro personaje haya tenido el estatus de un ciudadano con  domicilio múltiple: Tambo, Ayacucho, Chiara y Huaytará.
            Decíamos que la primera opción la tiene la localidad de Tambo, pues, en una solicitud de 17 de setiembre de 1825 escribe: “Sobre (mis) ingresos conocidos y o raizes tengo en este pueblo, desde mi ingreso en este sin par nota de mi conducta con mis industrias y crédito me he comportado en mantener mi crecida familia y que yo mas bien existía áqui por haber estado perseguido por mi condición notoria y publica adecion a la justa causa de la Independencia por lo que ya me constituí como uno de los vecinos no formales pero siempre con el designio de restituirme a mi país en caso presiso pero no por eso he dejado de desempeñar los cargos que me han asignado por haver pisado este suelo”.
            Y en otro folio del mismo expediente, de una solicitud de setiembre 27 de 1834 de su representante legal D. Juan José Gutiérrez de Quintanilla, se dice: “Que mi poderdante, con el entusiasmo propio de un verdadero americano, se descidio desde el año 14 por la Emancipación del Perú, según lo comprueba el documento de fojas 19 (f 19) que corre en el espediente adjunto. Todo el acredita los servicios que ha prestado mi parte, los que el año 20 dieron mérito a que se le persiguiese de muerte por los enemigos; habiendo fracasado sus intereses, y los de su familia toda. En el folio aludido, N° 19, se dice más: “me es preciso manifestar la antiquada adesión servicio, méritos publicos y notorios que he tenido a la sagrada causa de la Patria desde el año 14 en que resonó el dulce eco de la Libertad…” (Los subrayados son nuestros) (AGN: D-10-2-21).
El caso de Valentín Munárriz y seguramente los numerosos émulos que tiene, nos da pábulo a especular y tratar de comprender la vida de los religiosos atrapados entre dos fuerzas mutuamente excluyentes: la ley del celibato o la castidad de los ministros católicos impuesta por la Iglesia, y la ley biológica de conservación de la especie expresada en la poderosa necesidad instintiva de satisfacer las necesidades sexuales dirigidas a dejar descendencia. La primera: arbitraria y antinatural, impuesta verticalmente por un Concilio ecuménico; y la segunda: natural y de derecho, aunque regulada culturalmente. El tema, siendo primariamente un tema biológico y/o médico, tiene connotaciones teológicas, filosóficas, jurídicas, sociológicas, históricas y éticas que no podemos tratar aquí. Sólo nos bastará subrayar la comprensión de la conducta de Munárriz, sometido a estas presiones, vale decir la comprensión de su conducta sexual como ser humano integral, en el que la dimensión espiritual de su heroísmo no debe ser afectada en lo mínimo, aún más si se tiene en cuenta que al haber sido ungido por el sacramento del matrimonio siguiendo las reglas de la iglesia, y procrear un descendiente, el naufragio de esta relación en alguna incompatibilidad severa, no habría sido óbice para imponerse privaciones radicales referidas a los deleites del himeneo. Piénsese en las conductas de los grandes libertadores del Perú: el viudo José de San Martín conviviendo con la hermosa guayaquileña Rosa Campusano (amante de algunos hombres poderosos de la época), o en la del gran llanero Simón Bolívar, también viudo, conviviendo con la adúltera quiteña, la sensual Manuelita Sáez, “la libertadora del Libertador” y, paralelamente, en su conocida obsesión lúbrica de seducir a las féminas más hermosas de los lugares que visitaba. O piénsese también en el virrey Manuel Amat y Juniet rendido como un corderito ante los encantos de su “Miquita” huanuqueña Micaela Villegas (para sus rivales criollas: la “Perricholi”); o en el autoritario Mariscal cuzqueño Agustín Gamarra que se cuadraba militarmente ante cualquier orden de su “Mariscala” urqueña doña Francisca Zubiaga. Pero el caso más extremo debe haber sido el del cura platense Félix Aldao, que –a diferencia del coronel Bruno Terreros, que inspiró con su furia guerrera el refrán ¿Fraile y Coronel? Líbreme Dios de él- colgó los hábitos monacales de la orden mercedaria para luchar por la independencia latinoamericana en las filas del Libertador San Martín, y, como si se vengase de la represión que caracterizó su anterior estado, se hizo asiduo garitero, mujeriego y militar, llegando en esta última condición a conquistar el grado de general. Como el celibato es un voto que se hace en la ordenación sacerdotal, no sabemos si Valentín Munárriz transgredió aquél, pero todo indica que su matrimonio y los hijos que procreó fueron inconductas realizadas antes de emitir su voto de castidad, antes de manchar la sotana con el semen de la hipocresía. Si los célebres Pedro Calderón de la Barca y el Fénix de los Ingenios se hicieron curas después de una existencia profana, ¿por qué no Munárriz?.




                                                                         A N E X O

                                                                      Documento N° 1

                    PRIMER TESTAMENTO DEL CURA DON VALENTIN MUNÁRRIZ
“Yo don Balentin Munarriz natural que declaro ser de esta ciudad hijo legítimo de don Gregorio Munarriz y de doña Manuela Medina ya difuntos naturales que también fueron de esta ciudad a hallándome como me hallo enfermo en coma con peligro de muerte, pero en la misericordia del en mi entero y cabal juicio, memoria y entendimiento natural creyendo y confesando como realmente creo …”
“Declaro ser casado y velado  según orden de nuestra santa madre iglesia con Doña Agueda Ynfanzón y en nuestro matrimonio  hemos procreado por nuestros hijos a Pablo que tendrá 4 años de edad cumplidos afines del presente mes, y María Josefa de un año y medio declarados por tales mis hijos …”
“Declaro que la referida doña Agueda, mi mujer no trajo al matrimonio cosa alguna en clase de dote y se lo tengo presentes y que don Jacinto Ynfanzón su padre me dio 6 fanegas de trigo con dos costales de papas para sembrar como de hecho sembré en un pedazo de tierras que me señalo en la Hacienda de Quishuar que le pertenece a la doctrina de Chiara, más una fanega de cebada para el propio efecto, todo lo que se sembró da cuenta y costo del mismo Don Jacinto, pero si la cosecha, trilla y conducción de especies a esta ciudad fue acosta mía y con auxilio de burros, gente y de más cosas que me ministraron en particular el cura de dicha doctrina don Patricio Lazon que me suplicó ocho pesos para ese trabajo a que le estoy debiendo a este pico.  Y dicho don Jacinto, sin embargo de no haberme dado más cosas que las referidas en esta cláusula y también 4 pesos con reparación a la memoria que hago sin abonarme el trabajo en especial que tuve en sus fincas en el cuidado y conservación de sus intereses por año cumplido me ha hecho cargo de 30 pesos los que justamente están pagados en el importe del barbecho y cruzar comenzada del mismo terreno en que gasté más de 40 pesos persuadido que había de continuar sembrándolo en mi cuenta lo que no se verificó que mis justo retiro a Tambo a negocios que me importaron para mi subsistencia y la de mis familiares que distante serle yo deudor a dicho don Jacinto por ese cargo que me ha hecho, soy acreedor de 10 pesos lo declaro así para que conste”.
“Declaro que soy albacea testamentario del presbítero don Pedro Munarriz mi difunto hermano con cuyo albaceazgo no he podido cumplir a causa de haber fallecido  en esta ciudad  habiendo hecho ante su testamento en el pueblo de Guaytará, donde me conduje en su averiguación de dicho testamento  y de su última voluntad sin haber conseguido en aquel pueblo el testamento original, más que las diligencias judiciales que se hicieron en averiguación  de dicho testamento  y de su última voluntad que ha resultado de ellas que se estimará por testamento nuncupativo para su cumplimiento si fuese conforme por la que ese disposición está pendiente y para que se realice y tenga efecto lo averiguado, dejaré en manos de mis albaceas bajo mi firma instrucción para su inteligencia, cobro y pago de deudas y los piadosos fines que pueda dar (desolbiante) de bienes si hubiese para descargo de la conciencia de mi hermano y salbacion de su alma”.
“Declaro que el referido presbítero, don Pedro mi hermano fue albacea y tenedor de bienes de la difunta doña Francisca Cárdenas y como tal administró sus dichos bienes, defendiéndolos antes y después del fallecimiento de su instituyente con gasto de su dinero, todo lo que me consta y también resulta de las diligencias practicadas en la solicitud del testamento de dicho mi hermano y según tengo entendido asciende a más de 700 pesos el alcance que hay en favor de mi hermano contra la testamentaria doña Francisca; esto es cuanto a los gastos que se hizo en su funeral y entierro pidiendo dinero prestado para ello a estrañas personas, sin incluirme en dicho alcance los derechos de defensor y apoderado en 14 años que a ciento por año son 1400 pesos no sirviéndole a compensación para los derechos e albaceazgo que le correspondieron en los citados bienes de legado de la dicha hacienda llamada Uco (Visco) en Pacay Casa lo que no le dejo más que 40 pesos, libres después deducidas las pensiones de su gravamen y mejora que en ella hizo, así es que en la cuenta que se instruyen por mi albacea sobre este particular para lo que no tuvo tiempo mi hermano por las funestas y extraordinarias ocurrencias que le acaecieron en vida hasta  su fallecimiento se tengan presentes en su formación todo estos datos y lo que resulte en su favor se cobre así lo declaro para que conste”.
“Asimismo declaro que mi hermano Pedro fue albacea del difunto don Pablo Pacheco vecino de Tambo con cuyo cargo corrió y cumplió sin haber exigido de sus bienes cosa alguna de derechos de albaceazgo que le correspondieron y mando que su importe con arreglo a los inventarios y tasaciones como me previno se cobren y se tengan por sus bienes”
“Declaro haber sido administrador de todas las fincas situadas en la doctrina de Tambo pertenecientes a la testamentaria de la mencionada doña Francisca Cárdenas los que me  puso a mi cuidado su albacea don Pedro mi hermano por el tiempo que consta del libro de caja que existe en mi poder donde se hace relación de deudores cobrables de los peones habilitados en la montaña a quien según sus recibos sse les deberá abonar cobrando lo que resten para la testamentaria de dicha doña francisca y que a cuenta de la citada administración le di a dicho don Pedro mi hermano 283 pesos por una parte y 40 pesos en 8 arrobas de coca por otra razón de 5 pesos  arroba, con cuya suma hacen 323 pesos por los que entregue inclusos en ellos las partidas que le dieron a los menores de la espresada doña Francisca sobre que hay recibos y apuntes que existen en el mismo libro…”.
“Asimismo declaro no haber tenido salario alguno  de la administración de fincas relacionadas en la antecedente clausula pertenecientes a los bienes de la citada doña Francisca Cárdenas de la que dispuso doña Josefa Craso (Eraso) figurándose tutora y curadora de los menores legatarios de dicha doña Francisca y aun de los casados de esa familia tomando posesión judicial no solo de las dichas fincas, sino aun de sus ganados de que dará cuenta con arreglo al libro de caja que conservo en mi poder y mando se cobre dicho salario por el tiempo que serví este cargo desde el día que se me entregaron en casco hasta el fallecimiento de mi hermano don Pedro a razón de 150 pesos por año y lo cobrado se tenga por mis bienes”.
“Declaro que mis bienes la parte que me toca en la casa que me dejaron mis dichos padres, cita en la Pampa que llaman de San Agustín con las pensiones y gravámenes que contrasi tienen en favor el monasterio de Santa Teresa y el convento de San Agustín de esta dicha ciudad a quienes se le están debiendo rentas atrasadas de muchos años así lo declaro”.
“Declaro por mis hijos naturales llamados Matías habido en María Rojas, en tiempo que con ella pude libremente haberme casado, el que tiene 6 años de edad, y la otra se llama María Presentación de edad de 7 años, havida en Asencia Trigos que habita en esta ciudad declároles por tales mis hijos naturales para que conste”.
“Declaro por mis bienes 3 caballos corrientes, una yegua y un macho criollo por amansar, cinco posturas de ropa de color que son de mi uso y contienen de un fraque de paño negro de primera nuevos con sus respectivo pantalón y chaleco, un vestido o volante de paño azul nuevo todo corriente de chaqueta y pantalón, un pantalón y chaqueta  de terciopelo de algodón nuevo, otro fraque de paño negro usado con su chaquetilla y pantalón de borló azul, una capa azul de paño de primera con sus vueltas de terciopelo también azul seda. Cuatro o cinco camisas de Bretaña bordadas las cuatro y la una por coser fuera de dos viejas tratables, 4 o 5 pares de medias blancas de algodón finas con sus respectivas calcetas, dos sombreros negros de mi uso nuevos. Un tomillo corriente con sus estribos de palo chapeados de plata, baticola con piezas del mismo metal. Pechera id. Trenzado también con piezas de plata. Pellón azul más una silla de montar todo corriente  con piezas de plata y su pellón del mismo color. Otro lomillo viejo que está en manos de Maeiano Ninacunto llano pero corriente con su cabezal chapeado de plata y pellón colorado viejo. Una carpeta de madera embutida. Seis dillas de sentar en poder del carpintero que habita en el pueblo de Tambo cuyo nombre ignoro, a quien lo conoce mi mujer. Una mesa pequeña. Dos búles nuevos medianos forrados en bqueta negra corrientes. El catre en que actualmente estoy enfermo con su pabellón y de más especies que se encontraran después de mi fallecimiento así lo declaro…”
“Declaro que para mi hijo Pablo dejo el caballo alazán con su respectiva montura y el caballo negro rabón también con su montura dejo para doña Agueda Ynfanzón mi mujer”.
“A María Presentación mi hija natural dejo la yegua que he declarado con toda su montura llana y corriente”.
“El caballo negro alto de cuerpo para mi hijo Matías”
“El machito a María Josefa mi hija”.
“A favor del expresado Matías mi hijo natural dejo y se lo entreguen por mis albaceas la Lebita que he declarado y un pantalón de paño azul, chaleco, una camisa nueva de Bretaña, un par de medias y un sombrero negro. Que a María Presentación mi hija natural a más de la yegua que he señalado se le den y entreguen en razón de quintos que le corresponden en mis bienes 100 pesos que se le dieron a Juana Cárdenas bajo su obligación contrato de vendérseme su casa que no se ha vendido cuyo recojo y cumplimiento de esta mando encargo estrechamente a mis albaceas”.
“Declaro por mis viene 100 fanegas de trigo que existen en el pueblo de Tambo al cuidado de dicha doña Agueda mi mujer que la tengo arrendada. También hay cebada en granos en el mismo pueblo y lo que está por cosechar en la propia hacienda y otras semillas comestibles que hoy mismo se hallan todo lo que se venderá a excepción de 20 fanegas de trigo que señalo y mando se le den a Petrona Medina mi ama de leche en compensación del servicio que le debo”.
“Declaro haber sido voluntad del referido mi padre don Gregorio, que el señor crucificado que es el tamaño de una cuarta y es de naranjo después del fallecimiento de todos nosotros sus hijos se colocase en altar del patiarca señor San José que se venera en la santa iglesia catedral de esta ciudad…”
“Mando que todas las cosas de muebles envejecidos como son sillas, estampas, cajas rotas, y de más cosas que no merecen mayor consideración se entreguen por mis albaceas a la referida Petrona mi ama de leche…”.

“Declaro que debo a don Bernardino Sánchez 9 pesos 6 reales por especies que le tome al fiado de su tienda y mando se le pague de mis bienes”.


                                                      DOCUMENTO N° 2
        SEGUNDO TESTAMENTO DEL CURA DON VALENTIN MUNÁRRIZ.
En el nombre de Dios todo poderoso, con cuyo principio todas las cosas tienen buen medio loable y dichoso fin amar: sea notoria a todos los a que la presente carta de mi testamento postrimera y ultima voluntad vieren, como yo don Valentin Munaris natural de esta ciudad, cura propio de la doctrina de Pampas, é hijo lexitimo que soi de don Gregorio Munaris, i de doña Manuela Medina también naturales y vecinos de esta ciudad ya finados que santa gloria hayan: hallándome como me hallo enfermo en cama y de gravedad; pero por la misericordia de Dios en mi entero juicio memoria y entendimiento natural, creyendo como firmemente creo en el inefablemente misterio de la Santísima trinidad Padre Hijo y Espiritu Santo, tres personas que aunque reclamante distintas tienen una escencia y substancia y son un solo Dios verdadero, y en todos los demás misterios artículos y sacramentos que tiene cree y confiesa nuestra santa madre iglesia católica apostolica y Romana en cuya fé y escencia he vivido y protesto vivir y morir como católico cristiano é invocando por mi intersesora á la serenísima Reina de los angeles Maria Santisima señora nuestra, al santo angel de mi guarda, santo de mi novela y devoción, y a todos los demás santos de la corte celestial intersedan por mi á nuestro señor y redentor Jesucristo perdone mis culpas y pecados y ponga mi alma en carrera de salvación cuando llegue á su divina presencia: temeroso que la muerte como natural y precisa á toda criatura  humana como incierta su hora, me halla desprevenido de disposición testamentaria: otorgo y ordeno mi testamento en la manera siguiente.
            Primeramente encomiendo mi alma á Dios que la crio y redimio con el infinito precio de dha pacion y muerte y mando el cuerpo á la tierra de que fue formada y siendo cadáver debera [ser] amortajado con la vestidura sacerdotal según el ritual romano y enterrada con [¿entierro?] menor y misa resada de cuerpo presente, aplicándoseme en aquel dia la misa que puedan aplicarse con [el canto] resado dho se hallase en la ciudad de suerte que en aquel dia y siguiente se apliquen por todo cincuenta misas siendo en todo caso conducido al panteon sin aparato ni pompa alguna.
            Ytan digo y dejo cuatro y medio pesos á beneficio de la restauracion que habia subrogado á ley mandar forsoso de jerusalen y redencion de cautivos, lo que se dara por solo una ves al que corra con esa recaudacion, y con cuya asignacion aparto de cualquier derecho que con este aspecto pudiese alegarse con mis bienes.
            Ytan declaro haber sido casado con doña Agueda Infanson según orden de nuestra santa madre iglesia y en cuyo matrimonio tubimos por hijo lexitimo á don Pablo Munaris y aclaro que aunque para dicho enlase se me ofrecio dote solo trajo mi muger por bienes la hacienda Uchuimarca en la que trabaje sin fruto de mayor adelanto y luego después de muerta mi muger entregue la hacienda al dicho mi hijo, quien por salir deviendo del diesmo que remato ha tenido que vender la dicha hacienda declarolo por lo que puede importar.
            En este estado que sería las siete y media de la noche: el testador expresó deverse diferir su testamento por hallarse abochornado y hacer recuerdo de todo lo que deve disponer bien que sobre las preguntas que se la hicieron por versele apurado contestó tener sinco hijos naturales y que sus herederos devian ser estos menos su hijo lexitimo por habersele salido ingrato: que sus albaceas devian ser el cura don Ignacio Geri, el doctor don Felipe Cueto y su hijo natural don Matias Munaris cuya circunstancia no se firmo por el testador por lo agravado que estaba y de haber dado la espalda es por esto que firmo con los testigos que estubieron presentes desde el principio que aquí suscriben con migo el escribano. De que doy fé hoy dia  y siete de agosto del corriente año.
Firman:  Tgo. Francisco Muñoz
                Tgo. Jose Francisco Landeo
                Tgo. Santiago Montero
                 Tgo. Jorge Custodio Pretil

                                                                                Ante mí

Dio según arancel.
                                                                                                  Mariano Tueros
                                                                   Escribano Publico [ilegible]


                                                                   Documento N° 3

CONFIERE TITULO DE PRIMER TENIENTE DE LA COMPAÑÍA DE ARTILLERÍA A Dn. VALENTÍN MUNARRIZ.
Don Juan Antonio Alvares de Arenales. Coronel Mayor de los Exercitos de la Patria y Jefe Gral. de la Divición de vanguardia del Exercito libertador del Perú.
Por quanto se me ha propuesto del 1er Teniente de la Compañía de Artilleros a Dn Valentin Munarriz, en quien concurren todas las qualidades que su servicio requieren:
Por tanto y visando de las facultades con que me hallo autorizado: Acuerdo darle empleo  a Valentín Munarriz, y he venido en conceder el expresado empleo al mencionado Dn Valentin y mando se le haya y tenga por tal Teniente, guardándosele y haciéndosele guardar en la forma que corresponde todos los fueros, y exemciones que en virtud de este titulo le corresponden sirviéndole de bastante Despacho hasta la superior  confirmación del Exmo. Señor Capitan General, a quien se le dará cuenta. Dado en el Quartel Gral de la ciudad de Huamanga a 7 de gre de 1820.
                                                                                                                  Juan Alvares de Arenales.
                                                                                                                   Pedro José Cornejo.

NOTA.-  Recordemos que el título militar de Teniente de Infantería, librado por José Angulo a favor de Valentín Munárriz sirvió para asimilarse en Andahuaylas a las filas revolucionarias como miembro de la división huamanguina; pero que, según su propia declaración, fue extraviado en la escaramuza de Chupascunca (Chupasconga), muy cerca a Pampa Cangallo, capital del distrito de los Morochucos de la provincia de Cangallo. El título validado por el mismo jefe de la revolución cuzqueña, José Angulo, de por sí nos sugiere que hubo una vinculación acentuada de morochucos y cuzqueños desde mucho antes de la presencia de estos últimos en Andahuaylas y/o Ayacucho, ya que aquél -al asumir la jefatura de la revolución y dirigirla desde el Cuzco- no pudo haber estado en Andahuaylas ni en Huamanga. Ergo, el título habría sido otorgado antes de esta incorporación en Andahuaylas o haber sido preparado anticipadamente para adaptarse a las distintas situaciones militares y políticas, para ser entregado a Munárriz en Andahuaylas al momento de su asimilación.                                                                                                                                                                                                            
                                                                                                                                    maxaguirrec@hotmail.com
                                     
                                                                                                                            



BIOCRONOLOGÍA PATRIÓTICA DE  VALENTÍN MUNÁRRIZ.
                                                                                                              Max Aguirre Cárdenas
Exigido por mis labores de investigación en torno a los protagonistas de la Primera Jura de la Independencia ocurrida en la ciudad de Cangallo, he decidido construir un esquema cronológico de los principales hechos que caracterizaron la conducta patriótica de Valentín Munárriz, con el propósito de que me sirva de guía a la correcta comprensión de su vida y la del acontecimiento juramentario acaecido el 7 de octubre de 1814. Lamentablemente cuando escribí mi trabajo “Valentín Munárriz: el héroe y el hombre”, no contaba con él, pues, me hubiese facilitado grandemente para formular mejor mis hipótesis sobre las fechas más probables de su graduación como clérigo, de su matrimonio y el nacimiento de su prole y, desde luego, emprender la probanza de las mismas. Además los procesos de comprensión e interpretación de sus acciones hubieran tenido resultados más plausibles si para evaluar su calidad dispusiésemos de una canónica que funcione como una suerte de “medidor” veritativo, la misma que hasta ahora no existe incuestionablemente pese a los intentos precursores del estructuralismo fomentados por Levi Strauss para su uso en la etnología o la antropología. La misma metodología observaré cuando estudie las vidas de los otros protagonistas de la jura cangallina en el libro que condense los avances que he obtenido en casi dos años de investigación, añadidos los que todavía harán falta, y que se titulará “El ciclo independentista huamanguino: 1812-1828”, parte del cual ya se ha publicado tentativamente bajo el epígrafe “Cangallo y la primera jura de la independencia del Perú”. 
La cronología refleja también los avances que he obtenido en estos seis años dedicados a estudiar la Historia de Cangallo, y como al parecer he reconstruido lo sustantivo de la vida de este prohombre, he decidido compartir mis datos con otros investigadores que sé están en la misma brega y, recíprocamente, esperar de ellos  contribuciones a fin de hacer realidad aquello que preconiza la historiografía contemporánea de que la investigación debe ser multidisciplinaria. Como ésta supone institucionalizar la investigación y dotarla de infraestructura y recursos dinerarios suficientes, al no contar con ellos, creemos que el intercambio de datos, exégesis y documentos por la vía de la web o el blog puede ser una alternativa plausible. Estoy persuadido de que el cuadro adolece todavía de imprecisiones y vacíos que, conforme progrese mi búsqueda, estaré superándolos, sobre todo cuando estudie la vida de los otros protagonistas de la jura cangallina como José Mariano Alvarado y Basilio Auqui.
Deseo advertir que este trabajo cronológico no refleja necesariamente ningún supuesto teorético ni ideológico acerca de la historia como discurso científico o como realidad fáctica; su propósito –como afirmé- es meramente instrumental: servir de brújula   heurística para facilitar el análisis, la hermenéutica o la inteligibilidad de los problemas relativos al tema de la Independencia de Cangallo y del Perú, sea cual sea la orientación filosófico-epistemológica del investigador. Cuanto mejores datos singulares dispongamos en cantidad y calidad, mejores interpretaciones obtendremos; esto significa que rechazamos la erudición inútil que invita a tejer la historia como un discurso meramente acumulativo de saberes por el saber mismo, de un resbalar delirante en la mera sucesión de acontecimientos como fueron, por ejemplo, las prototípicas “Noticias Cronológicas de la Gran Ciudad del Cuzco” de Diego Esquivel y Navia o “La Floresta Española” de autor anónimo; o, lo que es peor, a postular que la historia no es un saber reductor por antonomasia sino uno de elasticidad indefinida; significa también que no postulamos el culto de los héroes a lo Carlyle como objetivo principal de la historia de nuestra independencia.  Por el contrario, aspiramos a construir una historia social regional cuyas coyunturas, estructuras, modelos y hasta cuantificaciones no eliminen el valor de los hechos singulares pletóricos de simbolismo y/o significado, una historia general que se interese también por identificar o des-cubrir los ciclos de duración de distintos tiempos (como los económicos, sociales y mentales); decodificar su lógica, empero sin ignorar el valor de los acontecimientos que testimonian que la historia es en esencia cambio, no meramente una exhibición museográfica –a título de hermenéutica- de fósiles organizados arbitrariamente a gusto del “director” de turno, y que interesa a muy pocos, como está sucediendo lamentablemente hoy. He aquí el primer resultado de esta tentativa metodológica:

Febrero 13 de 1789            Nace en la ciudad de Huamanga, hijo del matrimonio    de Gregorio Munárriz y Manuela Medina.
Setiembre de 1814              Se incorpora en Andahuaylas, en la clase de Teniente de Infantería librado por el general José Angulo, al ejército de los revolucionarios cuzqueños que se trasladaban a conquistar Huamanga.
Octubre 1° de 1814             Participa en la batalla de Huanta en una función que todavía no hemos podido determinarla.
Octubre 7 de 1814              Lidera con José Mariano Alvarado y probablemente con  Basilio Auqui, la jura de la Independencia de Cangallo.
Noviembre 7 de 1820         El coronel Juan Antonio Álvarez de Arenales le confiere el título de Primer Teniente  de la Compañía de Artilleros del Ejército Libertador del Perú, que lo tuvo activo hasta 1824.
Noviembre 9 de 1820         El coronel Juan Antonio Álvarez de Arenales le encomienda reclutar combatientes en San Miguel y  Tambo.
Noviembre 29 de 1820       Interviene probablemente en la batalla de Chupascunca apoyando a la montonera de Landeo y Torres. Decimos probablemente, pues, en una de sus solicitudes Múnarriz afirma que en esta jornada guerrera perdió el despacho militar que le había otorgado José Angulo. Pero al parecer él se refirió a una inicial escaramuza acontecida en este mismo escenario, en una fecha cercana a 1814 ó 1815, pues, si se hubiera referido al choque de Landeo y Torres con los españoles, él no hubiese lamentado la pérdida de su despacho militar como teniente de infantería, pues, en 1820 ya había recibido el despacho de teniente de artillería de manos de José Antonio Álvarez de Arenales al arribar a Huamanga.
Agosto 14 de 1824              Asume interinamente el cargo de Gobernador de Tambo en reemplazo del titular Mariano Ruiz que viaja a San Miguel y Chilca.
Agosto 29 de 1824              Entrega en Huanta 25 cabezas de ganado vacuno para el sustento de las tropas del ejército libertador comandado por el general Simón Bolívar.
Octubre 4 de 1824              Es comisionado por Bolívar desde el Cuartel General de Huamanga para cumplir actividades de espionaje en Tambo, facultándosele organizar un cuerpo de agentes para un mejor cometido.
Setiembre 6 de 1824          Le ordenan acopiar -“sin la menor consideración”- en Quinua, Vinchos y Soytoco todo el ganado vacuno que exista para el auxilio del Ejército Libertador. Esta misión como la anterior fue cumplida satisfactoriamente hasta 1827.
Noviembre 30 de 1824       Describe estar en la casa del párroco de Tambo en calidad de refugiado, cumpliendo labores de asistencia a los guerrilleros  patriotas que fueron desbandados en Talavera y que emigraban por la ruta de Qollpawayqo y Anco.
Diciembre 3 de 1824          El teniente coronel Lionel García, reconociendo su patriotismo, le ordena observar los movimientos del enemigo, reportando sus resultados a las 24 horas transcurridas (día 4).
Diciembre 6 de 1824          Habiendo arribado de Andahuaylas días antes, organiza en Tambo comisiones de asistencia al Ejército Libertador que acampaba en Quinua, asistencia que persiste hasta días después de la batalla de Ayacucho.
Diciembre, fines de 1824   Conduce a los dispersos de la batalla de Ayacucho hasta la capital del departamento.
Diciembre 23 de 1824        Como ciudadano del pueblo de Tambo, solicita la devolución de 13 reses suyas –entre vacas y bueyes- que colectó indebidamente el comisionado Isidro Barrigas. Fue concedido.
Enero 7 de 1825                  El prefecto del  departamento, cuando era Comandante Militar de Tambo, le dice que recibió los enfermos que le remitió. De paso le exhorta active comisión de víveres, ganado y bestias.
Enero 19 de 1825               El prefecto del departamento –halagándole por su patriotismo- acusa recibo de la recepción de 50 cabezas de ganado y otros útiles de guerra comisionados a él para su obtención.
Setiembre 17 de 1825        En una solicitud de la fecha, declara ser oriundo de la capital de Ayacucho y tener una crecida familia. Señala que residía en el pueblo de Tambo “por haber estado perseguido por mi condición notoria y publica adecion a la justa causa de la Independencia por lo que ya me constituí como uno de los vecinos no formales”.
Octubre 16 de 1825            La Sala Municipal de Ayacucho, propone su ascenso en reconocimiento de su labor patriótica.
Octubre 19 de 1825            Solicita que la Ilustre Municipalidad de Huamanga informe  con la mayor escrupulosidad sobre  su conducta patriótica desplegada hasta esa fecha por la Independencia del Perú.
Octubre 15 de 1825            En una solicitud de la fecha, señala que es Primer Teniente del Cuerpo de Artillería de Huamanga.
Octubre 26 de 1825            D. Dianderas recomienda que el patriota sea colocado en el batallón de Cívicos de Huamanga.
Noviembre 30 de 1825       Juan Pardo de Zela, cumpliendo un deseo del libertador Simón Bolívar, le recompensa sus sacrificios por la Emancipación del Perú, declarándole héroe, además otorgándole una medalla encargada por el Consejo de Gobierno que objetive este valor.
Diciembre 14 de 1825        Le ordenan movilizarse contra los iquichanos. Por esta época era alcalde del pueblo de Tambo y también comandante del segundo escuadrón Húsares de Junín y Comandante Militar de Sivia y que en esta calidad salió innumerables veces a combatir a los iquichanos.
Diciembre 26 de 1825        El intendente de la provincia Anselmo Cordero le ordena entregar 20 reses y 12 fanegas de granos para las tropas que marchan contra los iquichanos.
Abril 7 de 1826                    El general Juan Pardo de Zela le certifica haber sido su guía, y su intérprete en la campaña de pacificación de ocho días que emprendió el citado jefe siendo Prefecto y Comandante General del departamento de Ayacucho. Era en ese momento Comandante de los Cívicos de Huamanga.
Abril 16 de 1826                  Al concluir su misión descrita fecha antes, se retiró a su convento de San Francisco de Lucanas en busca de sus propias subsistencias, tiempo que ocasionó el deterioro de sus propiedades por las tropas que combatían a los iquichanos.
Marzo de 1827                     El presidente Pedro Palomino, escrutadores y el secretario Lorenzo Infanson del Colegio electoral de la parroquia de Santo Domingo de Chiara, certifica que Munárriz es uno de los electores para la creación de diputados a congreso de la provincia de Guamanga.
Año de 1828                        La parroquia de la Magdalena  de Ayacucho hace constar que de acuerdo al Registro Cívico, don Valentín Munárriz, era ciudadano en ejercicio.
Sin fecha precisa                Por esta época fue electo miembro del Colegio Electoral de la provincia de Huamanga.
Mayo 17 de 1828                 Era regidor de la Ilustre Municipalidad de Huamanga y en esa calidad parece que juró la Constitución Peruana recién promulgada, pero en la parroquia de Santa María Magdalena.
Octubre 14 de 1828            En una solicitud expresa que en 1827, cuando se dedicaba al laboreo agrícola de siembra en Chupas, le convocaron in situ para combatir a los "desnaturalizados" iquichanos que pretendían invadir la ciudad de Ayacucho queriendo reivindicar los dominios españoles. Habilitado en su grado militar de oficial se integró -comandando a los tiradores morochucos en Ñawinpuquio y luego en la batalla del Arco y Mollepata- el 29 de noviembre de 1827, hasta expulsar a los rebeldes a Huanta el 1° de diciembre de 1827.
Noviembre de 1828            Desempeña la función municipal de vocal de la Junta Electoral del departamento de Ayacucho.
Febrero 12 de 1829            Desempeña la función de capitán de artilleros de la ciudad de Ayacucho.
Abril 21 de 1829                  La intendencia del departamento de Ayacucho le ordena pasar de Andahuaylas a Ayacucho conduciendo 54 hombres dispersos y ponerlos a disposición del prefecto.
Junio de 1829                      Desde Ayacucho acusan recepción del parque de guerra remitido por él.
Julio 18 de 1831                  Es electo en Huaytará diputado suplente del Sr. D. Remigio Jáuregui, por la provincia de Castrovirreyna, departamento de Ayacucho.
Año de 1831                        Un recibo de la parroquia del Sagrario de la ciudad de Ayacucho le da la constancia de ser ciudadano en ejercicio conforme al Registro Cívico.
Año de 1832-1833              Es nombrado Comandante efectivo de la Artillería cívica de Ayacucho, cargo que ya venía ejerciendo interinamente.
Año de 1833                        El Colegio Electoral de la Parroquia de Chiara, presidido por Lorenzo Infanzón, le da una certificación de ser Escrutador electo de la entidad mencionada.
Setiembre 3 de 1833          Le otorgan, en su calidad de suplente, una credencial para remplazar al diputado departamental Sr. Montaño por motivos de salud. En realidad lo remplazó en dos oportunidades.
Setiembre 27 de 1834        Don Juan José Gutiérrez de Quintanilla, solicita a nombre del héroe que le expidan el despacho de Comandante de Artillería Cívica de la ciudad de Huamanga, o para el mismo cargo en Cangallo o Castrovirreyna. Fundamenta entre muchas cosas que debido a que luchó por la Emancipación del Perú el año de 1814, estuvo el año de 1820 perseguido de muerte, habiendo fracasado sus intereses y los de su familia toda. Al final le dan no sólo el mando político de Cangallo, sino también el militar.
Noviembre 21 de 1834       Don Julián Inostroza, Alcalde Constitucional y Presidente de la ciudad de Cangallo, certifica que el sub-prefecto Valentín  Munárriz se aviene a la paz formulada por Orbegoso y formula sumisión a su autoridad.
¿Diciembre de 1834?         Solicita a las otras autoridades una constancia de su comportamiento como sub-prefecto y Comandante Militar en cargo hasta el 26 de noviembre de 1834. El resultado fue halagüeño, ya que el documento obtenido decía: “Benemérita y heroica Ciudad de Santa Rosa de Cangallo a los veinte y cuatro días del mes de Mayo de 1834”. Certifica:..”se ha conducido con la mayor puresa en su conducta a satisfacción del Gobierno y de todos los comprovincianos sin gravar ni perjudicar en lo menor a ningún individuo ante si quitando los abusos y corruptelas que estaban viciándose en toda esta comarca”.
Diciembre 15 de 1835        Es elegido regidor de la Municipalidad de Ayacucho.
Junio 2 de 1836                  Es nombrado Juez de Paz en la ciudad de Ayacucho.
Julio 11 de 1839                  En una solicitud al prefecto, revela que es cura de la doctrina de Chupamarca [Huancavelica. Curato antes perteneciente a la provincia de Yauyos].
1845-1848                            Diputado nacional por la provincia de Cangallo. Por lo menos en la primera legislatura es miembro de la Comisión Eclesiástica del parlamento nacional.
Agosto 7 de 1852                Declara su testamento ante el escribano público don Mariano Tueros. Para esta fecha ya era cura de la doctrina de Pampas en Huancavelica.
Agosto 19 de 1852              Muere, y sus restos son enterrados en el Cementerio General de la ciudad de Ayacucho.


lunes, 1 de septiembre de 2014

    

HISTORIA DEL PERÚ: OLVIDOS Y
RESCATES


(EL BICENTENARIO DE LA PRIMERA JURA DE LA INDEPENDENCIA PERUANA EN LA
HEROICA PROVINCIA DE SANTA ROSA DE CANGALLO)


                                                                                                                        Max Aguirre Cárdenas

Cuando en 1862 el capitán de caballería don José Hipólito Herrera publicó su “Álbum de Ayacucho”, libro en el que da a conocer una colección de los principales documentos de la guerra de la independencia del Perú desde 1818, adicionada con una “Relación nominal de los patriotas de la Independencia Nacional” y con “Los cantos de victoria y poesías relativas a ella”, al referirse en la Relación nominal… a los “Sacrificados en Cangallo”, al pie de la página 186, escribió:

A consecuencia de la derrota que en Huanta  sufrió la división independiente mandada por D. Mariano Angulo y el Santafesino el año de 1814, los jóvenes de Ayacucho, comprometidos en la causa santa de la Libertad  se refugiaron en la provincia de Cangallo apoyados por los famosos Morochucos, decididos cual otros Pelayos á pertenecer en el país haciendo la guerra á sus dominadores. En efecto, capitaneados por D. José Mariano Alvarado y el Dr. D. Valentin Munarriz, juraron la Independencia solemnemente, suscribiendo la acta con la sangre de sus venas, que tuvieron la heroicidad de estraerse; por cuyos hechos, irritado el Virey, decretó el incendio de Cangallo, que se arrojasen sus cenizas al Pampas, que se borrase aquel nombre del catálogo de los pueblos, que se exterminasen á sus habitantes, y que sus tierras se arasen con sal”.

Este es, hasta donde conocemos, el tercer testimonio escrito sobre la Jura de la Independencia del Perú acontecida el 7 de octubre de 1814 en el pueblo de Cangallo, capital de la actual provincia del mismo nombre en la región Ayacucho. El segundo fue el decreto ley promulgado por el presidente La Mar el 28 de mayo de 1828 que en su parte considerativa afirma: 

 “Que los naturales de la provincia de Cangallo desde el año 1814, se decidieron por la Independencia del Perú, y que por sacudir el yugo opresor pelearon con varias divisiones del ejército español, hasta quedar casi consumidos, sin que por esto dejasen de contribuir y hacer otros sacrificios para el sostén de la tropa”. 

Y el primero fue la alusión que hizo Juan Pardo de Zela en una carta al subdelegado de Vilcashuamán, José Bellido, fechada el 30 de diciembre de 1821, cuando evocando la quema y destrucción total de Cangallo ordenada por Carratalá el 17 de diciembre de 1821, alabó a los cangallinos que prefirieron abandonar su ciudad “por conservar su libertad y sostener su
independencia del Gobierno Español
”, pero no doblegarse ante la tragedia.

LAS JURAS Y EL DEBIDO PROCESO

La importancia del testimonio de Herrera –pese a ser un texto meramente aclaratorio- radica en que no sólo nos transmitió la noticia de un hecho de singular valor histórico y que delata un esfuerzo esencialmente regional de conseguir su independencia por decisión propia, sino que además nos reveló al soslayo el cumplimiento de cierto ritual que se puso en práctica y que incrementó el valor jurídico del proceso, pese a tener, paradójicamente, el propósito de quebrantar la legalidad y el statu quo social para, precisamente, lograr un nuevo orden, ante la imposibilidad de restaurarlo.

A este ceremonial, establecido por la tradición y tácitamente comprendido en la legislación de la época, lo hemos llamado en sentido lato el debido proceso que, para evitar confundirlo con la tutela
jurisdiccional del derecho procesal contemporáneo, o la garantía de imparcialidad, justicia y libertad que deben prestar los jueces, deberíamos haberlo llamado algo como el ritual indispensable o la secuencia procesal necesaria que los pueblos deben observar para ejercer su derecho a la autodeterminación o derecho a decidir libremente su destino social y legitimar de este modo sus efectos. Algunos papeles de la época lo designan con la expresión: “debido juramento” (Ver, por ejemplo, Manuel de Odriozola, Documentos Históricos, Tomo IV: 271-273). En todo caso, en este artículo cuando hablemos del debido proceso, el lector deberá tomar en cuenta esta delimitación semántica. 
Decíamos que Herrera nos reveló en la jura cangallina también el cumplimiento de cierto
orden en los segmentos ceremoniales del proceso. ¡Dilucidemos!: Si bien es cierto que el propósito de rechazar al invasor español se manifestó desde el inicio mismo de su presencia colonialista en América (lo que no quiere decir que todos los actos fueron independentistas ni que todos los movimientos separatistas celebraron rituales de juramento), ello se tornó crónico en el siglo XVIII peruano, e irreversible en los tres primeros decenios del XIX; éste último, porque España enfrentaba una severa crisis general y el descontento provocado por la opresión a los indios americanos había sobrepasado sus límites tolerables y acumulado enorme presión dinámica, y la física social exigía su liberación, facilitada coyunturalmente por la invasión francesa a España y la prisión de Fernando VII.

Si el XVIII abundó en protestas, revueltas, motines, levantamientos, y como culmen la gran gesta separatista  de Túpac Amaru y sus epígonos, el XIX fue de explícita vocación emancipadora, pues abundó en gritos libertarios, formación de juntas de gobierno paralelo, declaraciones y hasta proclamaciones independentistas informales como sucedieron en el escenario del Bajo Perú con Tacna (1811), Huánuco (1812), Cuzco (1814) y Moquegua (1814); y en el del Alto Perú, con la Junta Tuitiva de la Paz (1809), casi todas precediendo a la jura cangallina que inaugura el respeto a la forma. Dicho con más rigor: Antes de Cangallo, ninguna de las proclamaciones alcanzó a observar el formalismo jurídico pertinente que implicaba una ceremonia juramentaría legitimadora. Casi todas se agotaron en la simple instancia de emisión de proclamas o notificaciones hechas públicamente y otras anónimamente, justificables comprensiblemente dadas las condiciones materiales y espirituales en que se produjeron los hechos.
En efecto, el evento de Tacna fue apenas un “grito independentista” que el cacique Ara habría xpresado como una voluntad de cortar el vínculo jurídico del Perú con España. El de Moquegua –como lo testimonia el decreto de La Mar de 19 de enero de 1823- fue una “proclamación expontánea” que no sabemos si comprendió una jura. Pero si ésta ocurrió como otro evento de la revolución cuzqueña de 1814, ella habría sido después de la jura cangallina, pues la embajada revolucionaria que encabezó Pumacahua recién partió del Cuzco hacia Arequipa entre el 15 y el 24 de octubre. 

El de Huánuco habría sido un episodio de lectura de una proclama semilibertaria efectuada en el arco del levantamiento de los indios panatahuas, huamalíes y huánucos, contra la autoridad virreinal, pero espetando la figura del “amado Fernando VII”, de creer el testimonio del mismo José Hipólito Herrera, repetido por Mariano Felipe Paz Soldán y José Fermín Herrera; refuerza esta hipótesis la jura posterior que cumplieron el 15 de diciembre de 1820. El del Cuzco fue un conjunto de proclamas anónimas, discursos subversivos como el de Carrascón, y el juramento de José Angulo en el Ayuntamiento para ejercer su cargo de Jefe Supremo de la Revolución. Es altamente probable que en este último caso haya estado previsto el ritual público de independencia, apenas prosperasen las condiciones militares, pero el desastre de Umachiri impidió su realización; lo sugiere la jura de la independencia efectuada recién en la gestión prefectural del general Agustín Gamarra, el 9 de enero de 1825. Finalmente, el de La Paz fue un mero deseo expresado en una proclama. En todo caso, el debate está abierto. La verdad está por encima de nuestras subjetividades.

Aprovechando las distinciones semánticas que hace Fernando Gamio entre declaración,  roclamación y jura (Ver El Perú y su Independencia. Antología, Vol. II. Lima 1971), podemos afirmar que el ceremonial cangallino de la independencia fue el primero en cumplir los prerrequisitos legitimadores de la época, pues incluyó el bando de convocatoria, la primaria consulta popular o libre determinación acordada en un cabildo abierto, una proclamación y una juramentación. Este último segmento ceremonial comprendió a su vez: el acto público de prometer la defensa de la independencia peruana a costa de sus vidas y  bienes poniendo a Dios como garante supremo y, finalmente, la suscripción de un acta con sangre extraída de las venas de sus protagonistas. En otras palabras, el conjunto de los actos alcanzó así no sólo su legitimación jurídica, sino también su sacralización, condiciones de plus-valor que otorgaron a la jura de la independencia cangallina la dignidad de ser la primera realizada en el Perú.  La sacralización habría sido enfatizada si además pudo celebrarse una misa de acción de gracias al Altísimo durante o al final del proceso. La observancia de este ritual no habría requerido de muchos aprendizajes, pues Huamanga y sus partidos habían jurado hace sólo un año, en 1813, la Constitución de la Monarquía sancionada por las Cortes en 1812. El intendente Francisco de Paula Pruna había hecho cumplir las instancias del proceso, pero exceptuando obviamente la consulta en cabildo, como lo revela un documento de la época. Ignoramos, sin embargo, si los actos se sellaron con misa y Te Deum. Como sabemos, la secuencia del debido proceso se satisfizo con todo rigor en la Independencia de Lima. Describamos, grosso modo, cómo se produjo la Independencia de Cangallo en el marco de la revolución cuzqueña de 1814.

EL FRENTE HUAMANGUINO Y LA BATALLA DE HUANTA.

Pocas semanas después de la revolución que estalló en la ciudad del Cuzco el 3 de agosto de 1814, y conformada una Junta Protectora de Gobierno resuelta luego a favor del liderazgo supremo de José Angulo, la estrategia militar contra el poder virreinal (no directamente contra el Rey) consistió en oponer tres frentes de lucha: el de Puno y La Paz, el de Arequipa, y el de Huamanga; este último encargado de combatir a las fuerzas realistas que acudirían desde Lima, sublevar a Huancavelica y, de ser posible, llegar hasta la misma capital del virreinato.

Los componentes del frente huamanguino liderados por Manuel Hurtado de Mendoza, Gabriel Béjar y Mariano Angulo, partieron del Cuzco el 17 de agosto de 1814 y llegaron a Huamanga el 20 de setiembre del mismo año.  En el camino recogieron y prepararon bastimentos, y engrosaron sus filas con los voluntarios abanquinos y andahuaylinos, más de medio millar de morochucos que convergieron en las Pampas de Cangallo, y con los artesanos y los cívicos de Huamanga. Estos últimos habían abandonado poco antes a sus mentores realistas soliviantados por acción de Ventura Qalamaqui. Con ellos neutralizaron totalmente a las fuerzas realistas, siendo el suceso más notable la muerte del comandante realista José Vicente de la Moya. 

En Huamanga, enterados del arribo a Huanta del coronel español Vicente González enviado por el virrey al mando del terrífico batallón Talavera, decidieron marchar a su encuentro, produciéndose la batalla conocida precisamente como la de Huanta, donde fueron derrotados, experimentando la pérdida de más de 600 combatientes, la mayoría de ellos  morochucos. González había sumado a sus pocos efectivos a los cívicos huancavelicanos y huantinos haciendo un total cercano a los 3,500 hombres; pero más pudo la estrategia y los rifles que los 5,000 combatientes de los oponentes armados artesanalmente. Ello sucedió el 1 y el 2 de octubre de 1814.

LA INDEPENDENCIA DE CANGALLO

Replegadas las fuerzas patriotas a Huamanga, cometieron en esta ciudad excesos. Ultimaron al subdelegado de Vilcashuamán Cosme Echevarría y al coronel indígena Francisco Tincopa. Al dvertir la presencia de las fuerzas de Vicente González que, después de un breve descanso de sus tropas, habían emprendido la búsqueda de  los revolucionarios, enrumbaron hacía el Cuzco para reabastecerse y recomponer  sus fuerzas. Pero al llegar a Toqto, divisoria del camino hacia Cangallo, los morochucos que estaban siendo acompañados por jóvenes huamanguinos, entre ellos por numerosos estudiantes de la Real y Pontificia Universidad de San Cristóbal, optaron por separarse del conjunto y replegarse a la altipampa cangallina para llegar finalmente al pueblo de Cangallo que, por haber sido residencia de los corregidores, en la práctica era reconocida como la capital del partido o provincia de Vilcashuamán. Arribando los morochucos a dicha población (recuérdese que Cangallo fue reconocida como villa recién por decreto de 27 de marzo de 1822, y como ciudad capital de la provincia de Vilcashuamán el 30 de agosto de 1824), siguiendo la estrategia difundida por  los ideólogos platenses Belgrano  y Castelli de obtener la liberación pueblo tras pueblo”, acordaron realizar la Independencia de Cangallo. Para ello convocaron a un cabildo abierto para el 7 de octubre de 1814, fecha en que, consiguiendo la aprobación de la población, procedieron a proclamar y jurar la independencia siguiendo el ritual antes señalado, como se colige de la fuente herreriana. Lamentablemente, la prueba primaria, el acta, se ha perdido, impidiéndonos conocer sus  incidentes. Pero este extravío del acta parece hasta lógico si tenemos en cuenta que el delito de lesa majestad suponía la muerte inexorable y la incautación de los bienes  de los infractores. Además Cangallo padeció dos grandes holocaustos a manos de Ricafort y Carratalá el 2 de diciembre de 1820 y el l7 de diciembre de 1821, respectivamente, y sufrió además dos o tres aluviones  dantescos causados por su río emblemático: el Macro. El holocausto del 17 de diciembre levantó las voces de indignación de la conciencia americana haciendo que el ministro de gobierno argentino Bernardino Rivadavia, suscribiera el decreto de 29 de marzo de 1822 del Gobierno de Buenos Aires por el cual una de las calles de la capital bonaerense se llame Cangallo. Pero hace poco, la ley de mayor jerarquía legal e histórica fue anulada por una mera ordenanza edil que mutó el nombre de Cangallo por el de Juan Domingo Perón. Los patriotas argentinos protestaron y obtuvieron que se restablezca su nombre tradicional, pero solamente el de la  última cuadra de dicha vía. Hoy, con una dosis de sorna y nostalgia, los porteños la llaman Av. Juan Domingo Cangallo. La pequeña ciudad andina, en reciprocidad, había bautizado a dos de sus callecitas con los nombres de Av. Argentina y Alameda Rivadavia.

PROTAGONISTAS DE LA INDEPENDENCIA DE CANGALLO

Por supuesto que el gran protagonista de esta primera jura de la independencia del Perú que antecedió a la oficialmente aceptada de Supe, fue el pueblo cangallino conocido también como los morochucos. Sin embargo, sus conductores fueron patriotas ilustrados como Valentín Munárriz y José Mariano Alvarado, y probablemente el indio corajudo Basilio Auqui, quienes tuvieron como inspiradores ediatos a los ideólogos del Río de la Plata. Ofrecemos aquí algunas primicias en torno a la identidad de dos de sus actores principales. 

Valentín Munárriz.-  Fue un revolucionario huamanguino egresado de las aulas de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga. Antes de ordenarse de sacerdote, abrazó la causa independentista asimilándose en Andahuaylas a las huestes cuzqueñas lideradas por Hurtado de Mendoza, Béjar y Angulo y donde recibió el despacho de Teniente de Infantería rubricado por el jefe de la Revolución: José Angulo. Ello significa que estuvo en la toma de Huamanga, en la batalla de Huanta y en la Jura de la independencia cangallina. Después de este último suceso desapareció del escenario, obligado por las peripecias que le procuró la tenaz persecución española, pues no sólo perdió sus bienes, sino que evadió la inminente pena de muerte  por el delito de lesa majestad cometido. Sabemos que se refugió en Tambo y San Miguel eludiendo a los esbirros realistas, para finalmente recalar en la casa cural de Tambo con la más absoluta discreción. Allí estuvo oculto hasta la llegada de San Martín al Perú, aunque en algún momento tuvo que huir hasta Lucanas. Cuando Álvarez de Arenales llegó a Huamanga en su Primera Campaña de la Sierra, vía Cangallo, otorgó a Munárriz el despacho de Teniente de la Compañía de Artilleros, y bajo ese título le encomendó misiones de abastecimiento de reclutas. Tenemos evidencias de su participación en Chupasconga (Chupaskunka) al lado de N. Barrera y Basilio Auqui, obstaculizando el avance homicida de Ricafort que se trasladaba a incendiar Cangallo y a victimar a sus habitantes, etnocidio que lo cumplió el 2 de diciembre de 1820. Cuando Bolívar arribó al Perú, lo encontramos colaborando con él en Junín y Ayacucho en las labores de inteligencia, acopio de combatientes, alimentos y pertrechos de guerra, misiones idénticas que también le había encomendado San Martín. Pero no se crea que fue un soldado pusilánime que no expuso el pecho al peligro. Él mismo dice en una solicitud: ha sido público y notorio  desde el año 14 mi adeción a la sagrada causa de la Libertad y que por esto, tanto el mismo año, quanto el año 21 estube ejerciendo de oficial en campaña peleando con los enemigos y por esta causa estuve tan perseguido y expuesto a perder la vida por la Libertad” …no me he conformado con ser un oficial 
en nombre, sino como tal he desempeñado mis deberes en diferentes ocasiones saliendo al Campo de Batalla por los que soy patriota de hecho y no de dicho”.  Fue además el gran protagonista que ayudó a mitigar el desastre de Qollpahuayqo antes de la Batalla de Ayacucho, razones por las cuales, sumadas a su bien ganado prestigio de patriota probo  e incansable que lo dio todo por la Patria, el Libertador Simón Bolívar, antes de marcharse del Perú, encargó al prefecto de Ayacucho José Antonio de Zela otorgarle  una medalla de honor como reconocimiento y tributo a su participación en la Emancipación de la República. En el oficiode gratitud que publicamos por primera vez, le transmite la noticia de que el Libertador “lo tiene en su memoria que ha sido abierta como un “respetable heroe. Entre las múltiples funciones que ejerció sobresalen las de Jefe político y comandante militar de Tambo y Cangallo, capitán de artilleros y comandante de los cívicos de Ayacucho, subprefecto de Cangallo y más tarde diputado por la misma provincia en el período 1845-1848. Como para acordarse de que había estudiado para ejercer la misión pastoral, llegó a ordenarse  de sacerdote después de haber desempeñado la subprefectura aludida, y ya en los años finales de su agitadísima vida lo encontramos como titular del curato de Chupamarca en Huancavelica. Pero la misión más importante que cumplió por la Patria, aparte de ser uno de los actores de la Jura cangallina, fue su tenaz lucha contra los iquichanos pro-realistas y antiperuanos, pero esto lo  desarrollaremos en nuestro próximo libro dedicado al Ciclo Independentista huamanguino: 1812-1828. Para concluir este rápido brochazo biográfico, una conclusión -en la envoltura de una pregunta- es aquí obligatoria: ¿Valentín Munárriz no merece ser reivindicado por la gratitud nacional de su total olvido y ser declarado asimismo Héroe de la Nación Peruana?  Por supuesto, los cangallinos ya han erigido en sus corazones un digno monumento al héroe, comprendiendo el mensaje de reconocimiento del inmortal Bolívar. En ese entendido deberá incluirse entre los héroes cangallinos que rodeen el fuste de la columna del glorioso Monumento a la Libertad, que el Estado Peruano y un país amigo tienen el deber de erigir en Cangallo como un homenaje simbólico a este pueblo por su Bicentenario y honrando lo dispuesto por el decreto sanmartiniano (suscrito por el Supremo Delegado Torre Tagle) de 27 de marzo de 1822. No se olvide nunca que Munárriz  abogó por el destino de toda América, o como él mismo precisó: “siempre su opinión fue por la Libertad e Independencia de América”.





           Reconocimiento del Libertador a Valentín Munárriz


Prefectura del Departamento de  Ayacucho,
Noviembre 30 de 1825.

A Don Valentin Munarris.

La adjunta medalla que acompañoes el tributo que tan dignamente dirijo a U. como el compensativo de la parte que ha tomado U. en la Emancipación de la Republica, cuyos esfuerzos unidos á los de S.E. el Libertador en cuya memoria ha sido abierta, se manifiesta la Gratitud á este respetable heroe y pueda U. transmitirla á sus decendientes como el testimonio de la compensacion á las virtudes.
S.E. el Consejo de Govierno á quien no ha sido posible tener presente el merito de cada Ciudadano, en particular me ha facultado para la distribución de algunos a los Ciudadanos del Departamento a mi mando y considerando á U. acreedor á ellos tengo la satisfacción de dirijirsela.

                                                                                  Dios guarde á U.
                                                                                  José Pardo de Zela.


José Mariano Alvarado.- Como otro protagonista central de la Jura cangallina, merece también unos apuntes biográficos. Al parecer habría nacido en Huamanga como Munárriz. Como éste, también habría sido estudiante de la Real y Pontificia Universidad de San Cristóbal, pero de leyes. Al estallar la gran Revolución Cuzqueña de 1814 y sabedor que la embajada liderada por Hurtado de Mendoza se acercaba a Huamanga, convergió a ella y se asimiló a sus cuadros con otros estudiantes. Recibió de los cuzqueños el grado de capitán, título con el que habría participado en las batallas de Huanta y Matará (1814-1815) y con el que lo encontramos en sus correrías revolucionarias de 1821 en el sur ayacuchano y el noroeste arequipeño. Después de la jura cangallina del 7 de octubre de 1814, igual que Munárriz, habría estado “a salto de mata” eludiendo a los esbirros realistas que tenían la orden de eliminarlo. Cuando San Martín arribó al Perú, emergió de sus catacumbas y por su encargo y coordinando acciones con el famoso montonero José Alejo Pérez, reinició sus acciones subversivas,
como hemos dicho, en el sur peruano. Una de ellas fue la jura la independencia del pueblo de Lampa, en Parinacochas. 
En 1822, lo hallamos en Lima asistiendo a los primeros debates parlamentarios como parte del público espectador. En uno de ellos, ocurrido el 25 de febrero de 1822, pidió que los señores Cárdenas, Mendoza y Miranda evacuen informe “acerca de los méritos contraídos  por el ocurrente en la causa de la libertad” que “fue otorgado”.  El 23 de enero de 1824 lo encontramos recibiendo de Torre Tagle el despacho de capitán efectivo de caballería del  Ejército Peruano. Con este título participó en las batallas de Junín y Ayacucho en 1824. Por un documento de 18 de setiembre de 1825 sabemos que había sido promovido al grado de sargento mayor graduado. En otro de 13 de noviembre de 1829 lo descubrimos tratando de establecerse en el departamento de Ayacucho, ya retirado del ejército. No sabemos la causa de su cese; pero es probable que haya sido promovido por su vocación política. Como tantos otros líderes huamanguinos que concluyeron su actividad revolucionaria independentista como “Padres de la Patria” (v.gr. Valentín Munárriz, Mariano Velapatiño y Ángel Pacheco), Alvarado fue electo diputado por la provincia de Cangallo para el Congreso de Huancayo de 1839-40. Carecemos de noticias positivas sobre sus acciones posteriores. Las muchas que tenemos en nuestra bitácora todavía no las hemos verificado por las grandes dificultades que generan sus numerosos homónimos. 


El Ciudadano Presidente de la república por la Constitución Peruana:

Por cuanto atendiendo a los meritos y cerbicios de don Jose Mariano Albarado hevenido en nombrarle Capitan de Caballeria de Ejercito.  
Por tanto: ordeno y mando, le hayan y reconoscan por tal, guardandole y haciendole guardar todas las distinciones y preeminencias que por este título le corresponden. Para lo que le hise expedir el presente, firmado por mi cellado con el cello probicional de la Republica, y refrendado por el ministro de Estado en el departamento de la Guerra del que cetomara rason donde corresponda.
Dado en Lima a 23 de Enero del 824=5° de la Libertad 3° de la republica.

                                                    Jose Bdo. de Tagle                        Por orden de S.E.
                                                                                                           Jose de Piñera

      S.E. confiere titulo de Capitan de Caballeria de Exercito, adn. Jose Mariano Albarado.




  Título militar otorgado a José Mariano Alvarado


EL TITULO DE HEROICA PROVINCIA DE SANTA ROSA DE CANGALLO

El porqué de este título y el porqué de la designación de la provincia de Cangallo con el nombre de la santa peruana merecen también un breve esclarecimiento como epílogo de este artículo:
La provincia de Cangallo es una de las pocas del Perú que ha merecido numerosas distinciones. Recibió hasta en tres oportunidades el título de HEROICA, premiada con medallas, escudo, y reconocimientos profundamente significativos como el realizado por la norma legal suscrita por el presidente don José de La Mar. En efecto, por decreto ley de 28 de mayo de 1828, cuya parte considerativa transcribimos en el párrafo inicial, el Estado peruano reconoció “que los naturales de la provincia de Cangallo desde el año 1814, se decidieron por la independencia del Perú…etc.”; y también le reconoció “el distinguido servicio de haber combatido contra los rebeldes de Yquicha, con la mayor gloria”. Por estas razones, además de rebajarle cuatro reales a sus tributarios, le otorgó el título de “Heroica Provincia de Santa Rosa de Cangallo”. ¿Cuál es el significado de este nuevo nombre de la provincia, usado orgullosamente por sus habitantes un tiempo
largo, pero olvidado paulatinamente por negligencia grave en la educación cívica regional? 
Cangallo, hasta donde colegimos, fue la primera provincia que proclamó y juró la independencia del Perú, y luchó incansablemente por ella hasta 1828 derrotando a los últimos secuaces de la monarquía española: los iquichanos (verdad objetiva reconocida ahora por académicos como Hampe, Tamariz y otros).  Por otra parte, Santa Rosa de Lima, patrona de América y Filipinas, fue, en 1816, declarada por el Congreso de Tucumán  patrona de la Independencia Hispanoamericana, y por San Martín también patrona de la Orden del Sol, simbolizando el astro la libertad hispanoamericana. Algo más, el sol incaico fue declarado también -bajo juramento- por los francmasones del Río de la Plata como el sostén de la Libertad. Cangallo,celosa de la independencia del Perú, fue la única provincia que no aprobó ni juró la Constitución vitalicia de Bolívar de 1826 intuyendo el peligro de que la Patria pudiera caer en el patronazgo gran-colombiano. En consecuencia, la advocación formulada en la Constituyente de 1828, cuando el cura Ángel Pacheco (antiguo esbirro español, convertido después de 1812 en patriota honorable) era diputado por Cangallo, se consideró el premio simbólico que mejor identificaba a la heroica provincia, cuna y residencia de los prehispánicos Cangal ayllu, célula étnica chillqe trasladada desde Paruro (Cuzco) como grupo mitma de control en su calidad de ser “incas de privilegio”. No se piense pues que fue una advocación calcada del modelo cristiano colonial. Todavía San Martín, por decreto de 21 de octubre de 1820, había prohibido toda referencia simbólica que recordase a la dominación colonial y despótica de España por ser incompatible con la independencia del Perú. En otras palabras, Cangallo era en esencia el símbolo de la libertad, advocada metafóricamente con el nombre de nuestra santa como la matriz de la independencia hispanoamericana. Esta es la razón por la que también los masones argentinos bautizaron su local porteño con el nombre de Palacio Cangallo. Y este es su significado mágico. 
                                                                                                                    maxaguirrec@gmail.com

   



                      Cangallo: Cuna de la primera jura de la Independencia del Perú

  

 Basilio Auqui, José Mariano Alvarado y Valentín Munárriz arribando a Cangallo para la Jura que
se  escenifica desde el 2011, y se replicará en la efeméride del Bicentenario que se celebrará este año.

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